Dirigida por Clint Eastwood y coprotagonizada por Morgan Freeman y Matt Damon muestra una de las gestas más recordadas de Nelson Mandela, la utilización del lenguaje del deporte como método de unificación en la república de Sudáfrica, sumida en la segregación del apartheid.

Tan pronto recuperó la libertad, Mandela se reintegró a la actividad política y lideró al Congreso Nacional Africano en sus negociaciones con el régimen para acabar con el apartheid y establecer un nuevo gobierno multirracial

El arte cinematográfico se ha convertido en el documento que relata y sienta el precedente de la existencia de una realidad, de un conflicto de una realidad social que se presenta al público mediante la óptica de los realizadores y la ejecución de los actores.

Nelson Mandela

Nelson Mandela

Hay hombres nacidos para llevar sobre sus hombros todo el dolor de sus pueblos. Y Nelson Mandela, fue uno de esos hombres, que no siempre encontraron el camino. Pero que siempre supieron cual era…

Veintisiete años en prisión lo convirtieron a Nelson Mandela, en el símbolo de la lucha del pueblo negro y por la abolición del apartheid. Falleció hace poco tiempo, en diciembre de 2013, a los 95 años.

Se perfiló, por patriotismo y por talento, como el constructor de una nación multirracial, en el seno de la cual, tanto blancos como personas de color, vivirían en paz.

Las primeras elecciones con la participación de blancos, negros y mestizos, tuvieron lugar en abril de 1994 y dieron la victoria al Congreso Nacional Africano, el partido que presidía Mandela, con casi el 63% de los votos. Dos semanas después, el Parlamento lo designó como el primer presidente negro de la historia sudafricana.

El nuevo Jefe de Estado, era un hombre de sonrisa cordial y legendario buen humor.

Había recuperado la libertad, tan sólo cuatro años antes, después de 27 años de prisión.

Nelson Mandela, había nacido en 1918. Pertenecía a la familia real del pueblo Tembú.

Tuvo una infancia feliz, escuchando a los ancianos relatar la historia de su pueblo, cuando este era libre, antes de la llegada de los blancos.

En ese entonces, la armonía y la paz reinaban entre los tembú.

Nelson Mandela tenía 12 años y un hecho protagonizado involuntariamente por su padre, pocos meses antes de morir, seguramente decidió su destino.

En una ocasión su progenitor circulaba en bicicleta, por una calle de su pueblo natal.

Un auto frenó repentinamente y el padre de Mandela no frenó a tiempo y golpeó con su bicicleta el paragolpe del auto que conducía un joven blanco, de unos 20 años.

El muchacho bajó de su vehículo y además de insultar groseramente al anciano ciclista, lo golpeó duramente, hasta desmayarlo.

Un juez blanco, más que esto un juez injusto, o mejor aún un delincuente con impunidad, condenó al padre de Mandela a un año de cárcel, evidentemente por el hecho de ser negro.

El hombre, golpeado ya por heridas espirituales, en un régimen discriminatorio como el appartheid, no pudo resistir tamaña injusticia y falleció en la cárcel.

Nelson Mandela, con sus 12 años, comprendió la circunstancia y el porque real de la condena. En su alma quedó una herida, que no se notaba, pero que ya no se borraría jamás…

Diez años después Nelson Mandela organizó en Sudáfrica una campaña de desobediencia civil. Primera condena para él.

Al poco tiempo de salir, aún no era abogado, -lo fue un año después- creó el primer buffet de abogados negros de Sudáfrica.

Mandela tenía 42 años, cuando una manifestación pacífica de negros fue reprimida violentamente. Saldo, numerosos muertos. Resolvió entonces pasar a la clandestinidad. Ya era el líder.

A los ojos de los blancos era un terrorista. A los ojos de los negros, un idealista que sabía que “transar en un principio es transar en todos los principios…”

Viajó en ese momento por Africa y Europa buscando apoyo político y financiero. Al regresar fue detenido. Y un juez inhumano –que por ello nunca podría ser justo- dictaminó con indiferencia:

-“Sr. Nelson Mandela. Por revelarse contra las legítimas autoridades, lo condeno a Ud. a cadena perpetua.”

El líder, con 45 años de edad, fue esposado. Sólo dijo: -“Espero vivir para ver el reino de la justicia en mi país”.

Durante su cautiverio, rechazó dos veces la libertad condicional. Sólo aceptó la libertad total, porque esa libertad equivaldría al reconocimiento a una injusticia.

Liberado, logró finalmente que se aboliera esa aberración que significaba el appartheid. En 1999, con 80 años de edad, se retiró de la vida política.

Pero ya está en la historia y no sólo de su país, sino de la humanidad.

Y un aforismo para Nelson Mandela.

“Hay llamas que encendidas, no podrán apagarse”

José Narosky

Tomado de la Prensa